PINOCHO
CAPÍTULO II
En ese momento, alguien tocó a la puerta.
—Pase, pase —dijo el carpintero, aún sin fuerzas para ponerse en pie.
Entonces entró en la tienda un viejo vivaz cuyo nombre era Geppetto, pero los muchachos del barrio, porque les gustaba verlo rabiar, lo llamaban con el apodo de Papillita, pues su peluca amarilla guardaba una gran semejanza con una papilla de maíz.
Geppetto estaba furiosísimo. ¡Ay del que lo llamara Papillita! Se volvía una fiera y no había modo de calmarlo.
—Buen día, maestro Antonio —dijo Geppetto—. ¿Qué hace ahí tirado en el piso?
—Les enseño a las hormigas a contar.
—Que le aproveche.
—¿Y qué lo ha traído hasta acá?
—¡Las piernas!… Usted sabe, maestro Antonio, que he venido a pedirle un favor.
—Aquí estoy, para servirle —respondió el carpintero levantándose.
—Esta mañana se me ha ocurrido una idea.
—¿Cuál sería?
—He pensado en fabricarme una linda marioneta de madera, pero una marioneta maravillosa, que sepa bailar, hacer esgrima y dar saltos mortales. Con esta marioneta quiero darle la vuelta al mundo y ganarme así un pedazo de pan y un vaso de vino. ¿Qué le parece?
—¡Felicitaciones, Papillita! —gritó la misma vocecita, desde quién sabe dónde.
Al oír que lo llamaban Papillita, el compadre Geppetto se puso rojo como un pimentón de la rabia y, dándose vuelta hacia el carpintero, le dijo enfurecido:
—¿Por qué me ofende?
—¿Quién lo ofendió?
—Me acaba de llamar Papillita.
—¿Yo? Yo no he dicho nada.
—¡Entonces fui yo!… Claro que fue usted.
—¡No!
—¡Sí!
—¡No!
—¡Sí!
Y, calentándose cada vez más, pasaron de las palabras a los hechos y, agarrándose, se mordieron y se zarandearon el uno al otro.